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Opinión

Entre lo digital y lo imaginario
Nadir Skolem
(El Excélsior)
Nuestro siglo pasará a la historia (entre otras muchas cosas que de seguro faltan) como la era de la masificación de los medios. Este tiempo en que los sueños de tantos visionarios se cumplieron y la democracia, al menos en alguna de sus formas, comenzó a instalarse en las mentes y discos duros de las personas.

Y es que la tecnología nos ha liberado, nos potencializa por completo, nos permite trascender por el puro hecho de ser nosotros mismos y decidir compartirnos. Esta época pasará también a la historia como el momento en que una cantidad incontable de necesidades y neologismos se multiplicaron.

Por ahora, muchos de estos conceptos —que son palabra, necesidad, realidad, o cualquier otra cosa— nos permiten detectar, además, que un entero podría componerse por más de dos mitades, que no tenemos la más remota idea de lo que vendrá en lo que a tecnología se refiere y para muestra basta una frase:

Interoperabilidad en la administración de identidades digitales (esto me pareció demasiado complicado para el título de hoy). Este asunto se refiere, básicamente y por ahora, a la posibilidad de trasladar nuestros avatares entre plataformas tridimensionales compatibles (Second Life/open life).

El tema central en este asunto es no sólo la compatibilidad sino la protección y control de propiedad sobre nuestra identidad virtual. La inversión de tiempo y recursos de todos tipos con los que hemos alimentado a nuestras versiones digitales al conferirles personalidad, amigos, preferencias, pertenencia, bienes (males) y un sinfín de parámetros y circunstancias que solíamos relacionar exclusivamente con las personas, los convierten en una valiosa posesión, en una verdadera parte de nuestro ser.

Y es que los avatares son personas también y como tales requieren de atención, cuidados, normas de conducta, en fin, la línea entre lo digital y lo molecular se desvanece para retomar el tema de la realidad y concluir que tampoco tenemos la más remota idea de lo que significa, para comenzar a relacionar como en una novela de Asimov, la tecnología con la filosofía y no poder separar lo ético de lo técnico.

Hace algunos años, la Iglesia católica publicó discretamente lo que se dio a conocer como los pecados digitales, que giraban básicamente en torno a la piratería y la infidelidad conyugal, sólo para comprobar que las actualizaciones son necesarias y hasta Moisés habría podido darle uso a un dispositivo electrónico portátil; pero más allá de las tablas de los mandamientos y la validez de lo que se inscribe en piedra contra lo que sólo se transmite inalámbricamente, destaca el punto de que por alguna razón confundimos lo digital con lo inexistente y lo virtual con lo imaginario, aunque al mismo tiempo insistimos en otorgarnos a nosotros mismos cualidades espirituales e intangibles al momento de pensar en el fin de nuestra existencia, cualidades que por cierto, calificamos de reales.

En fin, que para contradicciones no hay como las humanas y si algo sabemos hacer bien es complicarnos. En otro intento de simplificación, queda abierta la invitación a eliminar etiquetas, conceptos, diferencias, fierros, cables y líneas de código para descubrirnos colectivamente en el centro de la acción.

Nosotros, cada uno y entre todos, somos el origen y objetivo de todo cuanto hacemos. Simplificando, sólo queremos estar bien y necesitamos un poco de atención y la cultura tecnificada se las arregla para hacer un balance cada vez más justo de bienes, servicios, poderes y posibilidades.